Le marca el pulso del cuerpo, recorre la trayectoria de su itinerario erógeno... la inhala, la exhala. El deseo se instala, ella le enseña cómo disfrutar su piel. Le muestra cómo morder su clítoris, cómo provocar hasta el delirio su sexo y beber hasta vaciarla. Él le indica cómo sacarlo de la profundidad, llevarlo al límite en todo momento: con una mirada, que tome lugar la palabra indicada y la lengua entra en escena de un juego tántrico. La recreación de lo físico, juegan a dejar entrar al deseo y se asoman a la pregunta, a muchas preguntas. Ambos se meten en la piel del otro, anidan por momentos en un refugio que son instantes de fuga, de encuentro.Se iluminan y se apagan como dos luciérnagas pero no alcanzan lo incandescente, algún día alcanzarán la chispa o se ahogarán en el intento y aún así juntos saben muy bien que la luz que irradian es imposible sin el otro.
Mostrando entradas con la etiqueta deseo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deseo. Mostrar todas las entradas
sábado, 30 de noviembre de 2013
ENCUENTRO DE LUCIÉRNAGAS
Le marca el pulso del cuerpo, recorre la trayectoria de su itinerario erógeno... la inhala, la exhala. El deseo se instala, ella le enseña cómo disfrutar su piel. Le muestra cómo morder su clítoris, cómo provocar hasta el delirio su sexo y beber hasta vaciarla. Él le indica cómo sacarlo de la profundidad, llevarlo al límite en todo momento: con una mirada, que tome lugar la palabra indicada y la lengua entra en escena de un juego tántrico. La recreación de lo físico, juegan a dejar entrar al deseo y se asoman a la pregunta, a muchas preguntas. Ambos se meten en la piel del otro, anidan por momentos en un refugio que son instantes de fuga, de encuentro.Se iluminan y se apagan como dos luciérnagas pero no alcanzan lo incandescente, algún día alcanzarán la chispa o se ahogarán en el intento y aún así juntos saben muy bien que la luz que irradian es imposible sin el otro.jueves, 4 de abril de 2013
Histeria, La historia del deseo
Nunca entendí la fascinación que despiertan las películas basadas en hechos reales, pero reconozco que caí en esta tentación cuando escuché que en el 2011 se había estrenado un film que cuenta la historia del accidental descubrimiento del consolador por parte del Dr. Joseph Mortimer Granville.
Lo que me llamó más la atención de este film, que ilustra sin mucha precisión histórica el accidental descubrimiento que revolucionaría para siempre la vida sexual de las mujeres, plantea el tema de la histeria dentro de uno de los capítulos de la ciencia que tuvo lugar en el siglo XIX y de aquellos años de revolución científica en los que se desconocía en gran medida la anatomía, la psiquis y las particularidades propias de la biología femenina.
No es casual que la dirección de esta película recaiga en una mujer, Tanya Wexler, y esto explica por sí mismo la sensibilidad hacia el tema del lugar de la mujer dentro de la sociedad victoriana, relegada al ámbito privado y doméstico con pocas posibilidades de acceder a educación universitaria. Un entorno en el que el deseo de la mujer y la voluntad sobre su cuerpo dependía de la voluntad de su marido, cuando la familia no era la encargada de cuidar y velar por el honor de sus hijas.
En 1880, el tratamiento de la histeria consistía en un "masaje de la vulva" o lisa y llanamente masturbación de las pacientes que fue el método introducido por Pieter Van Foreest en el siglo XVI. La histeria era causada por "un útero hiperactivo", cuyos síntomas se manifestaban como ninfomanía, angustia, frigidez, melancolía, falta de apetito, irritabilidad, insomnio, entre otros.
La mentalidad de los médicos afirmaba con todo el peso de la ciencia que el órgano femenino no podía experimentar placer sin la penetración del órgano femenino, por lo que la masturbación de las pacientes desataba los ataques de histeria devenidos en paroxismo que no otra cosa que la expresión orgásmica de las pacientes.
Sostiene Maud Mannoni en su libro "Ellas no saben lo que dicen: Virginia Wolf y la femineidad": "El siglo XIX consagra a la mujer a la función reproductora. Nada tiene de extraño que la "enfermedad" femenina del siglo sea la histeria, una manera utilizada por el cuerpo para "rechazar" el encierro social al que está condenada la mujer".
El término médico también tuvo sus connotaciones ideológicas, era tal la confusión y la falta de comprensión sobre todo lo relacionado a lo femenino que cualquier comportamiento un opinión contraria a la moral puritana era calificada como histérica y sin detectar la insatisfacción personal y sexual de las pacientes. Finalmente, el diagnóstico de la histeria dejó de hacerse en 1952.
Lo que me llamó más la atención de este film, que ilustra sin mucha precisión histórica el accidental descubrimiento que revolucionaría para siempre la vida sexual de las mujeres, plantea el tema de la histeria dentro de uno de los capítulos de la ciencia que tuvo lugar en el siglo XIX y de aquellos años de revolución científica en los que se desconocía en gran medida la anatomía, la psiquis y las particularidades propias de la biología femenina.
No es casual que la dirección de esta película recaiga en una mujer, Tanya Wexler, y esto explica por sí mismo la sensibilidad hacia el tema del lugar de la mujer dentro de la sociedad victoriana, relegada al ámbito privado y doméstico con pocas posibilidades de acceder a educación universitaria. Un entorno en el que el deseo de la mujer y la voluntad sobre su cuerpo dependía de la voluntad de su marido, cuando la familia no era la encargada de cuidar y velar por el honor de sus hijas.
En 1880, el tratamiento de la histeria consistía en un "masaje de la vulva" o lisa y llanamente masturbación de las pacientes que fue el método introducido por Pieter Van Foreest en el siglo XVI. La histeria era causada por "un útero hiperactivo", cuyos síntomas se manifestaban como ninfomanía, angustia, frigidez, melancolía, falta de apetito, irritabilidad, insomnio, entre otros.
La mentalidad de los médicos afirmaba con todo el peso de la ciencia que el órgano femenino no podía experimentar placer sin la penetración del órgano femenino, por lo que la masturbación de las pacientes desataba los ataques de histeria devenidos en paroxismo que no otra cosa que la expresión orgásmica de las pacientes.
Sostiene Maud Mannoni en su libro "Ellas no saben lo que dicen: Virginia Wolf y la femineidad": "El siglo XIX consagra a la mujer a la función reproductora. Nada tiene de extraño que la "enfermedad" femenina del siglo sea la histeria, una manera utilizada por el cuerpo para "rechazar" el encierro social al que está condenada la mujer".
El término médico también tuvo sus connotaciones ideológicas, era tal la confusión y la falta de comprensión sobre todo lo relacionado a lo femenino que cualquier comportamiento un opinión contraria a la moral puritana era calificada como histérica y sin detectar la insatisfacción personal y sexual de las pacientes. Finalmente, el diagnóstico de la histeria dejó de hacerse en 1952.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)